andy-warhol-02jjAndy murió ayer: nunca dejará de sorprendernos”. De este modo se expresaba un amigo tras la muerte absurda de Warhol después de una operación rutinaria. Han pasado muchos años desde aquel 1987 y el artista americano sigue dando sorpresas. Se las va a dar a todo Buenos Aires dentro de un mes escaso cuando se presente en el Malba Andy Warhol, Mister América, una muestra que recogerá, además de sus obras clásicas y sus películas, material fotográfico menos obvio -desde polaroids hasta fotos cosidas.

Y se las dará al público madrileño que se pase en estos días por la galería Pepe Cobo y Cía -que, como Andy, no para de darnos sorpresas con las exposiciones estupendas que propone-, en la cual se pueden ver medio centenar de fotos en blanco y negro, inesperadas y exquisitas, resumen de la pasión urbana de Warhol, esos ojos ávidos por capturar las cosas corrientes de la vida de todos los días -desde retretes hasta platos, pasando por vistas de ciudades o mercadillos-; ojos que luego, ante los ojos mismos, lograban que los objetos banales se convirtieran en ese acontecimiento modernísimo, sorpresas contemporáneas por excelencia, las que ocurren sin sobresaltos, absurdas y adictivas.

Hay en la selección de Pepe Cobo y Cía momentos de diez -seguro que a Warhol le hubiera divertido exponer en ese espacio de delicioso malentendido-, incluso por lo antiwarholiano del asunto: desde la tienda de los nativos americanos hasta una señora rodeada de palomas a punto de tener regusto a Weegee. No hace falta mencionar lo actual del ojo certero de Warhol que nada tiene que envidiar al trabajo de Zoe Leonard, aquí un poco de moda en los últimos tiempos, a destiempo. Warhol es como Picasso: hace todo lo que hacen los otros y a veces hasta mejor.

Como soy una clásica, personalmente me quedo con las fotos de los escaparates: estupendas. Aunque son geniales las de los mercadillos, raras en su producción con esas gentes corrientes que rebuscan entre lo acumulado -qué poco glamour, caramba-. El conjunto merece la pena: corran a verlo. Les sorprenderá.

Mientras miraba estas fotos, a veces “tan poco” Nueva York, incluso “tan poco” Warhol -qué maravilla-, pensaba en la muestra que acaba de clausurarse en Bogotá -antes de ir a Buenos Aires- auspiciada por el Banco de la República y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en cuya sede podían verse las películas y los screen tests. El catálogo va a ser un volumen fundamental para las relecturas sobre el artista, me parece, a partir de textos como el de Beatriz González o las entrevistas a jóvenes artistas latinoamericanos, hasta cierto punto “warholitas”, como Kuitka o Iran do Spirito Santo.

Era raro y emocionante ver esas obras tan lejos de su lugar de origen o de sitios como Londres o París, igual que es raro ver a Warhol en una galería comercial de Madrid -cosas de las llamadas periferias y de sus finales, claro-. Y, pese a todo, cuánto le hubiera gustado a Warhol Bogotá, pienso de pronto. Cómo le habría fascinado lo actual de esta ciudad y las aglomeraciones de sus tienditas, los colmados del centro, donde, como en las fotos de Andy Warhol, se acumula de todo. Cómo le hubiera gustado leer el libro del teórico Armando Silva, Bogotá imaginada (Taurus, 2003), en el cual cada imagen estereotipada de la ciudad se resquebraja y se multiplica como ocurre con las obras del artista pop. Warhol en Bogotá -o en Madrid- tiene un sabor diferente a Warhol en Nueva York. Tiene un sabor más radical, más combativo, como si ese quiebro a Norteamérica que desdobla su producción se hiciera más claro, patente, punzante desde la terraza mítica que se abre a la ciudad latinoamericana. Su Bogotá soñada -y la mía-.

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