Es extraño que una persona acabe en urgencias por un orgasmo, pero esto es lo que le ocurrió a Liz, una mujer de Seattle. Acababa de tener relaciones sexuales con Eric, su pareja, pero un buen rato después todavía estaba inmersa en una vorágine de placer.

Cuando ya llevaba una hora de clímax, Liz empezó a sentir miedo. Al alcanzar las dos horas, fue trasladada de urgencia al hospital, donde el personal médico pensó que estaba de parto. El orgasmo le duró más de tres horas antes de que finalmente desapareciera, según relata el Daily Mail en su edición digital.

La joven pareja compartió su particular historia en el show televisivo de la cadena TLC Sex Sent Me to the ER (El sexo me envió a urgencias). Liz, que no quiso desvelar su apellido, relató cómo ella lo intentó todo para que el sobrenatural orgasmo disminuyera, desde saltar a beber para deshacerse del dolor. “Empecé saltando arriba y abajo para ver si eso me hacía efecto”, explicó. “Empecé a beber vino para ver si eso calmaba mi sistema. He intentado hacer todo lo posible para dejar de tener un orgasmo”, agregó.
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Finalmente, tras tres horas, el orgasmo desapareció y Liz pudo descansar tranquila.

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A algunos les parecerá una locura pero a otros no. Y es que este tipo de prácticas ya se realizan en Amsterdam o Zurich y por eso la ciudad de Bergen, en Noruega, ha decidido subirse al carro.

Uno de los hospitales de esta ciudad va a comenzar a distribuir heroína en pequeñas dosis a sus toxicómanos para mantenerlos controlados, reducir los riesgos de sobredosis y otras complicaciones para su salud, según informan desde The Local, un portal en inglés de noticias sobre Noruega.

Esta ciudad nórdica es la de mayor número de adictos a la heroína del país.

 

noticias absurdas“Fui a besar a mi madre por última vez y vi que respiraba. Grité ¡Mi madre está viva! Y todos me miraron como si estuviera loca”, contó a la prensa Rosangela Celestrino, hija de la paciente supuestamente muerta.

De acuerdo con la dirección del hospital, la paciente Rosa Celestrino de Assis tuvo dos hemorragias cerebrales y respiraba con ayuda de aparatos.

Una enfermera llamó al médico de guardia porque Rosa Celestrino no tenía signos vitales. El médico luego de hacer pruebas y constatado el fallecimiento, envió el cuerpo al depósito.

El director del hospital, Manoel Moreira Filho, dijo que al constatarse el error, la paciente “fue entubada inmediatamente y enviada a la unidad de terapia intensiva”.

El médico que firmó el certificado de defunción presentó su dimisión y la enfermera de turno fue despedida, pero sus identidades no fueron reveladas. Si la investigación concluye que han sido negligentes, serán acusados de lesiones corporales e incluso de homicidio si la paciente muere.

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“Al llegar me encontré una escena dantesca; el furgón estaba destrozado, los dos guardias jurados fallecidos habían sido ya evacuados …”. Así recordaba ayer en la Audiencia Nacional el atentado del GRAPO en Vigo el jefe de operaciones de Prosegur. Los tres bombazos seguidos, que causaron columnas de humo, caos y devastación en la ciudad olívica a primeras horas de la mañana, todavía resuenan en los oídos de algunas de las víctimas de la onda expansiva. Luces y sirenas mezcladas de ambulancias, coches policiales y bomberos completan la imagen de uno de los atentados más brutales reivindicados por la banda terrorista.
Miguel y David, nombres ficticios, se dirigían al instituto cuando el furgón blindado de Prosegur explotó a su lado. Resultaron heridos y hasta ayer nadie les ofreció compensación alguna, por eso reclamaron en la Audiencia Nacional la indemnización que “corresponda” y que diez años después todavía no han percibido. Su historia es similar a la de otra mujer que, sin embargo, sólo recuerda el fuego del blindado y el estruendo, pues perdió el conocimiento y fue trasladada al hospital.
La anécdota de la jornada de ayer la protagonizó uno de los jóvenes estudiantes heridos en Vigo. Los nervios le jugaron una mala pasada. Entró resuelto en la sala y sus rastas y pelo largo atrajeron las miradas curiosas de los grapos encerrados entre cristales blindados. No dejó ni que le hicieran la primera pregunta y se dirigió al magistrado de tú para iniciar su testimonio. El presidente de la sala, Alfonso Guevara, le cortó y le recordó que tenía más edad que él. “Se están perdiendo ciertos formalismos, y en ciertos momentos son importantes, como ahora, aunque luego nos vayamos juntos de copas”, le recriminó.
El testigo, tras la reprimenda y prometer decir la verdad, inició su relato a petición de la fiscal. “Iba camino del instituto por la Carretera Provincial y vi dos furgones blindados que venían de frente. El primero explotó a mi lado. Oí el primer estallido. No he recibido ninguna indemnización y ¡claro que reclamo lo que corresponda por mis lesiones!”, explicó.
Otro estudiante que también resultó herido aquel día manifestó que estaba esperando el autobús para ir al instituto. “Sucedió todo tan rápido que al oír la explosión creí que era un camión cisterna cargado de gasolina que reventó. Después vi a los guardias jurados, el humo… Entonces buscamos una salida y nos refugiamos en un bajo. Es lo normal ¿No? No recuerdo ya la huida, vi muchísimo revuelo, muchas personas que corrían, fue todo muy rápido”. Al ser preguntado si reclamaba cantidad económica por las lesiones sufridas apostilló: “A día de hoy no se nos ha pagado nada. Mi madre, sin recursos, se ha hecho cargo de sus dos hijos. Creo que estamos muy desamparados”.
Los estudiantes no fueron los únicos que corrieron en busca de refugio. Bares y portales sirvieron de amparo para numerosos viandantes que corrían desesperados. Algunos de los testigos aseguraron ayer en la Audiencia Nacional que se metieron en una cafetería y bajaron la verja del miedo que pasaron por los numerosos disparos que se oían. “Se escuchó un gran estruendo. El furgón circulaba entre humo y con llamas en la parte delantera, dando bandazos, sin control e impactando con los vehículos aparcados. Entonces empezaron los ruidos de los disparos, primero con frecuencia uniforme y rápida. Después esa frecuencia bajó y los asaltantes huyeron corriendo”, resumió ante el tribunal.
Las ondas expansivas de las bombas afectaron fuertemente los oídos de una viguesa que transitaba también por la zona. Todavía tiene secuelas, según explicó al tribunal que juzga a los acusados por aquel atentado. “Vi venir un furgón del que salía humo por la parte delantera y explotó al llegar a mi altura. No recuerdo nada más hasta que me desperté en el hospital”. La mujer sufrió una herida en la pierna izquierda y pérdida de audición.
Contusiones, erosiones y algunas esquirlas metálicas en sus cuerpos recuerdan a diario a algunos heridos lo ocurrido aquel día. La fiscal –que pide para los siete procesados penas que van desde los 12 años solicitados para el presunto falsificador de la documentación del GRAPO, José Luis Elipe, a los 152 y 155 años para cada uno de los acusados materiales del atentado– pide más de 870.000 euros en indemnizaciones para los perjudicados. Las cantidades más importantes, 400.000 euros, son para cada una de las familias de los dos guardias jurados asesinados.

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